Cuando tener influencia no significa entender el impacto que tenemos
Hace unas semanas estaba desayunando con mi familia un domingo cualquiera en una cafetería de Costa Rica.
En la mesa de al lado había una figura conocida del fútbol nacional. Un exarquero de uno de los clubes más grandes de Costa Rica, al menos si hablamos de títulos, retirado hace tiempo, pero todavía presente en medios, conversaciones deportivas y espacios digitales. De esos personajes cuya voz conserva peso incluso muchos años después de haber dejado la cancha.
Y aquí me permito el chiste futbolero: alguna vez, por confiarse un poquito más de la cuenta, hasta le hicieron un gol casi de cancha a cancha. Digamos que no sería la primera vez que una posición privilegiada le hace perder de vista lo que venía de frente.
La anécdota, más allá del chiste, terminó funcionando para mí como una metáfora bastante precisa de algo mucho más amplio: cuando uno ocupa una posición de privilegio, confiar demasiado en lo que cree saber puede hacer que no vea venir lo que tiene enfrente.
Pero lo que me llamó la atención aquel domingo no tuvo nada que ver con fútbol.
En esa mesa estaban también dos jóvenes, un hombre y una mujer de aproximadamente veinte años. No sé cuál era la relación entre ellos. Tampoco importa demasiado. Lo que sí me quedó dando vueltas fue la conversación.
Hablaban de política. La joven argumentaba, daba contexto e intentaba desarrollar una posición. Los dos hombres respondían de otra manera: interrumpiendo, desacreditando, reduciendo sus argumentos y tratando de convertir conocimiento en ingenuidad simplemente porque lo que ella planteaba contradecía la posición que ellos habían asumido.
Nada extraordinario. Y justamente ahí está el problema.
Porque escenas así ocurren todos los días: en mesas familiares, oficinas, chats de WhatsApp, programas de televisión, podcasts y redes sociales. Y muchas veces quienes protagonizan esas conversaciones no tienen conciencia del peso que lleva su voz.
A eso le llamo ignorancia privilegiada.
No hablo de ignorancia como falta de inteligencia. Hablo de algo más complejo: la posibilidad de opinar desde una posición de influencia sin comprender del todo las consecuencias que esa opinión puede tener en otros.
Hay personas cuyo capital social, profesional, mediático o económico hace que su voz viaje más lejos. Una frase dicha por cualquiera puede desaparecer; la misma frase dicha por un exfutbolista, un empresario, un periodista, un político, un creador de contenido o una figura pública puede convertirse en argumento para cientos o miles de personas.
Y ahí empieza una responsabilidad que muchas veces no reconocemos.
Porque tener una plataforma no convierte automáticamente una opinión en conocimiento. Tener seguidores no convierte una percepción en evidencia. Haber sido exitoso en una disciplina no convierte a alguien en autoridad sobre todas las demás. Pero nuestro ecosistema de comunicación confunde esas cosas constantemente.
El nuevo poder no necesita un micrófono
Durante muchos años pensamos la influencia como algo reservado para pocas personas: políticos, periodistas, empresarios, celebridades. Hoy eso cambió. Vivimos en un ecosistema donde prácticamente cualquiera puede construir una audiencia y donde las opiniones viajan con una velocidad que antes era impensable.
Pero existe una diferencia importante: no todas las voces pesan igual.
La reputación acumulada en un territorio se transfiere con facilidad a otros. Un exfutbolista puede terminar hablando de política, un empresario de salud pública, un actor de economía o un creador digital de ciencia. Y el problema no es que lo hagan. En una sociedad abierta, todos tenemos derecho a opinar.
El problema aparece cuando la autoridad percibida reemplaza al argumento. Cuando dejamos de preguntarnos si una persona realmente sabe de algo y empezamos simplemente a asumirlo porque sabemos quién es. Ese mecanismo es extremadamente poderoso y también extremadamente peligroso.
La influencia también puede amplificar ignorancia
Trabajo en comunicación desde hace muchos años y una de las cosas que más me interesa observar es cómo una opinión deja de ser solamente una opinión cuando tiene capacidad de modificar una percepción, una conversación o un comportamiento. Ahí empieza la influencia.
Y la influencia nunca es neutral. Puede informar, movilizar o inspirar, pero también puede simplificar, polarizar, normalizar prejuicios o darle legitimidad a argumentos que no necesariamente la tienen.
Y eso ocurre muchas veces sin intención. La persona influyente simplemente habla y el resto del ecosistema hace el trabajo: un comentario se convierte en clip, el clip en publicación, la publicación en conversación, la conversación en percepción y la percepción termina convirtiéndose en realidad para alguien.
Ahí está uno de los riesgos más grandes de nuestro tiempo: la velocidad con la que una opinión privilegiada puede adquirir apariencia de verdad.
La democracia también vive en estas pequeñas conversaciones
Costa Rica vive hoy una conversación política particularmente intensa. Y aquí hay algo que muchas veces olvidamos: ganar una elección otorga legitimidad democrática para gobernar, pero no significa que toda la sociedad piense igual.
La democracia no es unanimidad. Es convivencia entre desacuerdos.
Y por eso me preocupa cuando nuestras conversaciones políticas empiezan a funcionar exactamente al revés: cuando la discrepancia se convierte en ignorancia, cuando preguntar se interpreta como confrontación o cuando alguien con más edad, más poder, más exposición o más reconocimiento decide que esa posición le otorga automáticamente más razón.
Porque una democracia no se deteriora únicamente en grandes decisiones institucionales. También se deteriora en pequeñas conversaciones donde dejamos de escuchar: en una mesa, en una entrevista, en un programa, en un comentario de redes o en una frase aparentemente inofensiva.
Y ese deterioro es todavía más profundo cuando quien minimiza, ridiculiza o simplifica una posición tiene una voz pública que otros consumen como referencia.
Tener influencia no es lo mismo que tener razón
Ese quizá sea el punto central.
Vivimos en una época donde visibilidad y conocimiento se confunden con demasiada facilidad. La notoriedad puede parecer autoridad, la fama puede parecer criterio y la seguridad al hablar puede parecer evidencia. Pero no son lo mismo.
La influencia es simplemente la capacidad de afectar cómo otros piensan, sienten o actúan. No es una certificación de verdad, no es una licencia intelectual y mucho menos inmunidad frente al error.
De hecho, debería funcionar exactamente al revés.
Mientras mayor sea nuestra capacidad de influir, mayor debería ser nuestra responsabilidad de revisar lo que decimos. Porque la escala cambia las consecuencias. Una mala opinión entre dos personas puede terminar ahí; la misma mala opinión pronunciada por alguien con una audiencia puede convertirse en prejuicio colectivo, desinformación o permiso social para tratar a otros de determinada manera.
La reputación es una forma de poder
Hay otra dimensión que frecuentemente olvidamos: la reputación funciona como un multiplicador.
Cuando alguien lleva años construyendo reconocimiento, confianza o admiración, sus palabras llegan con una especie de crédito previo. Las personas no evalúan cada argumento desde cero. Usamos atajos: “si esta persona tuvo éxito, probablemente sabe”, “si aparece en televisión, probablemente entiende”, “si tiene miles de seguidores, probablemente tiene razón”.
Es profundamente humano hacerlo.
Pero precisamente por eso quienes tenemos algún grado de exposición deberíamos entender que la reputación no sólo concede privilegios. También impone responsabilidades.
La reputación debería aumentar nuestra disciplina para cuestionarnos, no nuestra certeza. Debería aumentar nuestra capacidad de escuchar, no disminuirla. Y debería hacernos más cuidadosos con aquello que no conocemos.
Ese debería ser el verdadero costo del privilegio.
La ignorancia privilegiada también es una falla de escucha
Y quizá esto fue lo que más me incomodó de aquella conversación.
No necesariamente que alguien tuviera una opinión política distinta. Eso es normal y, de hecho, saludable. Lo preocupante era la lógica con la que una voz intentaba invalidar a otra: no discutir el argumento, sino reducir a quien lo estaba diciendo.
Eso también es influencia. Y probablemente una de sus versiones más dañinas.
Porque cuando una persona con mayor edad, estatus, reconocimiento o seguridad en sí misma desacredita sistemáticamente a otra, envía un mensaje que va mucho más allá del tema que están discutiendo: tu conocimiento vale menos, tu criterio pesa menos, tu voz tiene menos legitimidad.
Cuando ese comportamiento se repite suficiente cantidad de veces, termina moldeando cómo las personas participan en las conversaciones. Algunas dejan de hablar, otras dejan de preguntar, otras aprenden que para ser escuchadas necesitan gritar más, y otras simplemente aceptan que ciertas voces tienen más derecho a existir que las suyas.
Eso también es una forma de influencia.
Los medios tampoco están fuera de esta conversación
Los medios de comunicación tienen aquí una responsabilidad enorme, porque muchas veces siguen utilizando notoriedad como sustituto de conocimiento.
Una figura conocida garantiza audiencia, un comentario controversial genera conversación y una opinión categórica produce clips. El ecosistema premia esa dinámica.
Pero cuando un medio invita constantemente a personas a opinar fuera de sus áreas de conocimiento simplemente porque tienen reconocimiento público, también está transfiriendo legitimidad. No sólo está poniendo un micrófono; está diciendo implícitamente: esta voz merece ser escuchada sobre este tema.
Y eso importa.
En una época donde la información circula fragmentada y gran parte de las personas consume titulares, clips y fragmentos fuera de contexto, el criterio editorial sigue siendo una de las barreras más importantes entre una conversación pública saludable y una completamente contaminada.
Las marcas tampoco son neutrales
Lo mismo ocurre con las marcas.
Las marcas tienen audiencias, recursos, plataformas, creadores, medios y capacidad para amplificar conversaciones. Por eso también deberían entender que tener capacidad para entrar en una conversación no significa necesariamente que deban hacerlo.
Durante demasiado tiempo hemos confundido presencia con relevancia. Si un tema está en tendencia, la marca siente que debe decir algo; si una conversación está creciendo, siente que debe apropiársela; si existe un debate cultural, aparece la presión de publicar.
Pero la pregunta correcta no debería ser únicamente ¿podemos participar?, sino también ¿tenemos algo útil que aportar?, ¿entendemos realmente esta conversación?, ¿qué consecuencias puede generar nuestra intervención?
La influencia responsable también sabe cuándo callar.
Quizás necesitamos desconfiar un poco más
No necesariamente de los demás, sino de nosotros mismos: de nuestras certezas, de nuestras opiniones automáticas, de la comodidad que produce estar rodeados de personas que piensan igual y, especialmente, de esa sensación peligrosa de creer que porque alguien nos escucha, necesariamente tenemos algo correcto que decir.
Volviendo a aquella cafetería, probablemente ninguno de los hombres en esa mesa pensó que estaba ejerciendo influencia. Para ellos era simplemente una conversación de domingo. Para mí una posición muy clara, para no pensar ni un segundo, la más mínima recomendación de que alguna de las marcas de nuestra agencia local use a ese personaje, y lo mismo para los demás países.
Pero la influencia casi nunca se siente como influencia cuando la estamos ejerciendo.
Ese es precisamente su poder. Y quizá también su mayor peligro.
Porque mientras más visible es alguien, mientras más autoridad posee y mientras más personas escuchan su voz, más importante debería ser una práctica extremadamente sencilla: preguntarse qué impacto puede generar antes de hablar.
No para dejar de opinar. No para convertir cada conversación en un ejercicio políticamente correcto. No para tener miedo de equivocarnos.
Sino para entender que una voz con poder nunca pesa solamente lo que dicen sus palabras. Pesa también quién las dice, desde dónde las dice y cuántas personas están dispuestas a creerlas.
En una época obsesionada con amplificar voces, quizás el verdadero privilegio no sea tener una plataforma.
Quizás sea tener la capacidad de utilizarla con criterio.
Porque la influencia no empieza cuando alguien nos escucha. Empieza cuando asumimos responsabilidad por lo que hacemos con esa atención.